Al ver a nuestros hijos desde el alma, descubrimos que cada momento compartido es una oportunidad invaluable para crecer juntos, aprender unos de otros y honrar la esencia única que nos conecta más allá del comportamiento.
A menudo, como madres, nos encontramos cuestionándonos: ¿Por qué mi hijo o hija reacciona o actúa de esta manera? ¿Qué le pasa? ¿Por qué lo hace? Porque, porque, porque,…
En nuestra búsqueda por comprenderlos, tendemos a enfocarnos en lo que vemos: sus palabras, sus acciones, sus comportamientos, sus gestos.
Muchas veces, incluso, nos tomamos de manera personal lo que nos dicen, y terminamos heridas, frustradas y respondiendo desde nuestras propias cicatrices emocionales. Esto puede llevarnos a discusiones, malentendidos y una sensación de culpa que nos acompaña después.
Pero, ¿y si comenzáramos a mirar más allá de lo visible? ¿Qué pasaría si viéramos a nuestros hijos desde el alma, sin juicios, sin ego y sin expectativas de cómo «deberían ser» o «deberían actuar»?
Debemos entender que nuestros hijos no son solo un reflejo de nuestras enseñanzas ni del entorno en el que crecen. Aunque su crianza influye profundamente en su vida, carácter y manera de ver y vivir el mundo y cómo se relacionan con los demás (¡incluso con nosotras mismas!), hay algo aún más esencial: son seres con una esencia propia, con aprendizajes y lecciones que han venido a experimentar en esta vida.
Cada alma elige lo que desea aprender, y por eso nuestros hijos nos han elegido a nosotras para ser sus madres. Han decidido compartir su camino con el nuestro para que, juntas, podamos crecer y evolucionar. No se trata solo de lo que les enseñamos, sino también de lo que ellos nos enseñan a nosotras.
La mente consciente y subconsciente: el iceberg de la vida

Para comprender mejor a nuestros hijos, debemos recordar que su comportamiento es solo la punta del iceberg.
Lo que vemos con nuestros ojos es apenas una pequeña parte de todo lo que sienten, piensan y perciben. Debajo de esa superficie, hay un mundo infinito de información que no siempre es evidente. (¡y lo mismo ocurre en nosotras, por supuesto!)
Siguiendo la metáfora del iceberg, la parte visible representa nuestra mente consciente, que solo equivale al 5% de nuestra actividad mental. El 95% restante corresponde a la mente subconsciente, donde se encuentran todos nuestros programas internos, creencias y hábitos adquiridos.
El Dr. Bruce Lipton, biólogo celular y autor de La biología de la creencia, explica que:
1. El 95% de nuestra vida está controlada por la mente subconsciente, mientras que solo el 5% está gobernado por la mente consciente.
- La mente consciente es creativa, racional y está presente en el momento.
- La mente subconsciente opera de manera automática y programada, basada en creencias y hábitos adquiridos en los primeros años de vida (especialmente entre los 0 y 7 años).
2. El 70% de los pensamientos del subconsciente son negativos y autolimitantes.
- Estos afectan nuestra percepción y comportamiento sin que nos demos cuenta.
- Incluyen miedos, creencias de carencia y autocríticas que influyen en nuestra vida cotidiana.
Una visión transpersonal: más allá de esta vida
Pero podemos ir un paso más allá…
Si sabemos y entendemos que somos seres espirituales viviendo una experiencia humana, debemos considerar que nuestra esencia siempre ha existido y siempre existirá. La energía no desaparece, solo se transforma.
Esto significa que traemos con nosotras una gran cantidad de información, no solo la adquirida en esta vida.
En nuestra mente subconsciente se almacena todo el conocimiento desde el NACIMIENTO DE NUESTRA ALMA, incluyendo experiencias de otras vidas (conocidas también como nuestros Registros Akáshicos, Libro de Vida, Registros de Alma… tiene muchísimos nombres).
Por eso, aunque la infancia y la crianza juegan un papel crucial, no son el único factor que nos condiciona.
Nuestra alma ha elegido lo que quiere aprender y en qué familia nacer, porque lo que vivimos en la infancia forma parte del aprendizaje que hemos venido a experimentar.
Cuando comprendemos esto, podemos mirar a nuestros hijos con una perspectiva más profunda: no solo como niños a los que debemos educar, sino como almas en su propio camino de evolución.
Más allá del comportamiento: El lenguaje del alma
Entonces, cada vez que tu hijo actúe de una manera que no comprendas, en lugar de reaccionar automáticamente, puedes hacerte estas preguntas para verlo desde su alma:
- ¿Qué está sintiendo realmente?
- ¿Qué intenta decirme con su lenguaje no verbal?
- ¿Qué energía me está transmitiendo?
Por ejemplo:
- Un niño que se frustra con facilidad no es un «niño difícil», sino podría ser un niño que puede sentir que no está siendo visto o comprendido.
- Un adolescente que se encierra en su mundo no es un «joven distante», sino podría ser alguien que está buscando su propio sentido en la vida.
- Un niño inquieto no es «hiperactivo», sino puede ser un alma que vibra a una frecuencia más alta y necesita explorar el mundo a su manera.
La clave está en comprender que no siempre es lo que se ve a simple vista. Si abrimos nuestra mente y dejamos de etiquetar sus comportamientos como «buenos» o «malos», empezaremos a ver más allá de la superficie.
Sus emociones nos darán pistas sobre lo que realmente necesitan. Cada persona ve la vida desde su mundo interno, y eso es único en cada niño.
Conectar con su energía, no solo con sus palabras
Nuestros hijos no siempre expresan con palabras lo que sienten, pero SU ENERGÍA y SU CUERPO lo comunican de muchas maneras. Algunas formas de conectar con ellos desde el alma incluyen:
- Observar su lenguaje no verbal: Un simple suspiro, una postura encorvada o una mirada evasiva pueden revelar mucho más que un «estoy bien»
- Sentir su energía: ¿Su presencia transmite calma o inquietud? ¿Se siente liviano o cargado? Percibir su energía nos ayuda a comprender cómo se sienten más allá de lo que dicen.
- Respetar su silencio: No siempre están listos para hablar. A veces, la mejor forma de escuchar es simplemente estar ahí, sin forzarlos a compartir algo para lo que aún no están preparados.
¿Cómo crear un espacio seguro para el alma de tu hijo?
Un ESPACIO SEGURO es aquel donde tu hijo puede ser él mismo, sin miedo al juicio ni a la corrección constante. Aquí algunas claves para lograrlo:
- Escucha sin juzgar: En lugar de corregir, dar consejos inmediatos o minimizar sus emociones, simplemente escucha. A veces, lo único que necesitan es sentirse comprendidos.
- Permite que expresen sus emociones: La tristeza, la rabia o la frustración no son «emociones negativas», sino parte de su experiencia humana. Deben sentirse libres de expresarlas sin miedo a ser rechazados.
- Acompáñalos sin intentar «arreglarlos»: No necesitan que los cambiemos, sino que los entendamos. Cuanto más seguros se sientan con nosotras, más podrán mostrarnos quiénes realmente son.
Un vínculo que trasciende el tiempo
Cuando vemos a nuestros hijos desde el alma, en lugar de solo desde el comportamiento, creamos un vínculo más profundo y auténtico. Un vínculo donde pueden crecer, aprender y evolucionar sin miedo a ser juzgados.
Porque más allá de su comportamiento, está su esencia. Y nuestra misión como madres es verla y honrarla.
¡LECCIONES PARA NOSOTRAS COMO MADRES!
Es esencial que entendamos que, en este proceso, no solo nuestros hijos están aprendiendo y evolucionando; nosotras también lo estamos haciendo.
Nuestros hijos despiertan en nosotras lo que necesitamos trabajar, sanar y comprender en nuestro propio ser. Cada situación desafiante con ellos es una oportunidad de crecimiento, porque detrás de cada desafío hay algo que aprender. Si se despierta una reacción negativa en nosotras, es momento de preguntarnos:
¿Qué hay en mí que necesito trabajar? ¿Qué aspecto mío necesita ser sanado? …
Como dije antes, la almas de nuestros hijos nos eligen, no solo para que ellos crezcan, sino también para que nosotros lo hagamos. A través de la relación con ellos, podemos aprender, sanar y evolucionar.
Este enfoque nos ayudará a ver a nuestros hijos no solo como seres humanos en proceso de crecimiento, sino también como espejos que reflejan las áreas de nuestra vida que necesitan ser sanadas y transformadas.
¡La crianza se convierte así en un hermoso viaje de aprendizaje mutuo!
Con luz y amor,
Sharon
